Alrededor del mundo---

Ana Zamorano

“Detrás de tus pensamientos, van tus pasos” Y así es como, más que nunca, lo sentí en Bolivia cuando después de atravesar todo el altiplano en bicicleta, llegué a La Paz con la idea de llevar a cabo mi primer seis mil, después de haber descansado apenas dos días.

Desde que salí de Uyuni hasta La Paz atravesé el salar más grande del mundo de este a oeste en cuatro días para acto seguido continuar con el de Coipasa. Después, más que pedalear, tocó empujar la bicicleta por muchas dunas de arena y carreteras de ripio y rugosidad disfrutando de unas vistas increíbles hacia los altos volcanes nevados que separan Chile de Bolivia por esta zona fronteriza para finalizar el recorrido en el gran Sajama –montaña más alta de Bolivia. Esto me permitió de alguna manera mantener la motivación más viva que nunca. Desde siempre había querido coronar un seis mil pero nunca había tenido la oportunidad tan cerca, y eso lo notaba en cada km que avanzaba hacia el norte. Y como una cosa lleva a la otra, una vez llegué a La Paz conocí por fin, a Lita, con la que había tenido contacto desde hacía ya dos años después de haber leído un artículo sobre ella en una revista alternativa. Lita escala montañas con su madre Dora (58) y se caracterizan por hacerlo con el atuendo típico de las cholitas/indígenas de Bolivia. Pronto conectamos y me invitaron a su casa en El Alto, una localidad encima del bocho de La Paz, a la que se puede acceder en teleférico y a la que llegas a más de 4000m sobre el nivel del mar.


 Tercera noche disfrutando de las estrellas desde el Salar de Uyuni

Recuerdo que, charlando en el salón de su casa, entre galletas y zumo, me propusieron salir al día siguiente hacia el Huayna Potosí puesto que ellas viajaban y no tenían tiempo suficiente. Recuerdo que mi cabeza pensaba “Ana, pero estás súper cansada de la pedazo de ruta que te has pegado”. Sin embargo, os aseguro que no veía mejor momento que el que tenía enfrente. Viajaría con ellas y tendría la gran oportunidad no sólo de ascender mi primer seis mil sino de ser guiada por mujeres en pollera. Así que esa tarde alquilé un par de botas, crampones y piolets y compré muchas chocolatinas, galletas, hoja de coca y coca cola para lo que vendría. Aquella noche intenté dormir pero tenía una incertidumbre y nervios que no recordaba haber tenido nunca hasta la fecha.    

A Dora, mi amatxu boliviana, le hacía ilusión que yo subiera hasta el segundo campo base con pollera y así ser tres mujeres fuertes frente a la adversidad de la alta montaña. De esta forma, en la mañana, tenía una pollera preparada para mí. ¡Pero lo que Dora no sabía es que a mí me hacía más ilusión que a ella! Desde El Alto las vistas a la Cordillera Real son increíbles. Me explicaron y compartieron experiencias vividas en varias de las cumbres mientras metíamos todo al coche que nos llevaría al punto de ascenso al Huayna Potosí. Sin embargo, de camino paramos a hacer una plegaria a la Pacha Mama pidiéndole, por favor, con una “mesa” (ofrenda andina) de coca, licores y canciones para que nos protegiera en el ascenso y con el objetivo de que pudiéramos hacer cima sin ningún tipo de problema. 


Aunque me falta el sobrero ¡podría pasar por una cholita más!

Sinceramente yo pensé estar viviendo en un sueño. Demasiados impactos y emociones en poco tiempo. El altiplano me había aclimatado bien en cuanto a la altura y, también, mental y físicamente así que Dora aseguraba no iba a tener problema puesto que tenía, supuestamente, suficientes glóbulos rojos para afrontar el reto. De esta forma me daba ánimos mientras cocinaba la comida del día en el primer campo base localizado a 4800m. Poco más tarde ya estábamos encaminadas hacia el glaciar, cruzándole hasta la parte central y escalando una de las paredes laterales. Fue emocionante verlas subiendo a golpe de piolet y la pollera al ritmo del viento.


 Dorita disfruta feliz del calentito plumas Zeroazpitik

Prueba superada y llegamos, poco a poco, al segundo campo base y refugio, alcanzando los 5200m. En la mesa de entrada, dos italianos, una catalana, dos noruegos y un austriaco. Era fin de temporada y, al parecer, menos gente que meses atrás. Me pongo mi plumas rojo Zeroazptik y salgo a leer las paredes pintadas del hall cuando veo muchos mensajes en euskera que me sacan una sonrisa y me dan aún más motivación -si cabe. De repente veo que está atardeciendo y el color naranja de fondo alumbrando la nieve. Saco unas fotos con algo de viento helador y disfruto de las vistas hasta que el frío me empuja para adentro. La cena llega y conversamos entre todos. ¿Tema? experiencias previas de alta montaña. Y yo allí con mi in-experiencia escuchando historias que me hacían volar, soñar e imaginar, y que, por consiguiente, no me dejaron pegar ojo la primera noche. El italiano era el que más experiencia llevaba en la mochila. Había hecho varios seis miles mucho más técnicos y escalaba, a penas, todos los fines de semana así que el Huayna Potosí (6088m) era ya pan comido para él.


Vistas de una de las caras del Huayna Potosí desde el refugio argentino- CB

Huayna significa joven en quechua y, yo me sentía así: joven y fuerte. Así que, a eso de las 2am nos levantamos y pusimos rumbo a la cumbre. El ascenso lo hicimos por la cara este donde la inclinación de la ladera es de unos 45 grados aproximadamente. La primera parte es una subida bastante larga donde tuvimos que usar el piolet. Solíamos parar unos segundos para comprobar que todo iba bien y todos estábamos bien. Mientras, supongo que cada una íbamos con nuestras historias en la cabeza. En la mía, desde luego, seguía siendo una mezcla entre ganas e incertidumbre, pero ya no había vuelta atrás. “¿Llegaré?, ¿podré conseguirlo?, ¿faltará mucho? Y, mientras todas estas cuestiones, se veían varias linternas por delante nuestro y sólo se escuchaba el pisar de nuestros crampones en el hielo. El agua se congeló pues estaríamos como a -7 grados, pero nuestro cuerpo sacaba fuerzas del más allá y la adrenalina era cada vez más fuerte. Un par de horas después de haber sufrido el dolor de las botas en unas buenas pendientes, apareció una zona plana llena de grietas que aún no apreciábamos bien por la oscuridad. Por seguridad anduvimos más lentas, y encordadas con más tensión.

Seguimos subiendo, y justo cuando más me preguntaba qué hora sería aparecieron los primeros rayos de sol, también de color naranja y, con un cielo totalmente azul, pudimos contemplar las increíbles vistas. Sin embargo, aún nos quedaba la última cuesta, el último gran esfuerzo para hacer cima. Subí despacito acordándome de lo que me decían los sherpas el pasado año en Nepal “pasos cortos y tranquilidad”. Y de esta manera iba subiendo sorprendida de que en ningún momento me dolió la cabeza, pero sí me encontraba cansada. 

Momento en el que el Sol da comienzo al nuevo día

¡Y, con todo esto, al fin llegamos a la cima! Recuerdo me tumbé en la pequeña cumbre que parecía un tobogán hacia el precipicio, y le di gracias al mundo y a mi cuerpo por haberme dejado cumplir otro sueño más. La montaña joven nos permitió saludarla desde su loma más alta, a 6088m, y fue tan espectacular que, desde ahí decidí que esta no será la última cumbre. El Lago Titicaca, la Cordillera Real y el altiplano se divisaban desde aquí como si de un cuadro perfecto se tratara.


Cima conseguida, vistas hacia el altiplano y Lago Titicaca


Vistas durante el descenso, el hielo se mezcla con las  lagunas del altiplano

Y, después de un té y unas fotos en la cima, era tiempo de descender. Si bien el ascenso fue duro, el descenso lo sentí más exigente, básicamente por el dolor de rodillas. Y fue aquí cuando, con sol,  pudimos ver las cientos de grietas y cuevas que por la noche no habíamos podido apreciar bien. De nuevo la adrenalina nos dio fuerzas para volver al segundo campo base donde pudimos compartir emociones y descansar un poco.


Agustín y yo descendiendo hacia el campo base Argentino

Gracias Dora y Lita por el apoyo emocional y gracias Zeroazpitik por arroparme, una vez más, en esta aventura que se llama vida!

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